Hoy 08 de junio de 2013 hace exactamente 3 años que asistí por primera vez a una clase de karate. Aún recuerdo ver a toda esa gente vestida de blanco gritar palabras extrañas, golpeando y pateando al aire sin motivo aparente. Creo que nunca me sentí tan torpe y desubicado en la vida, y varias veces me pregunté: "¿Qué diablos hago yo aquí? Debería estar viendo algo en la TV, en vez de estar rodeado de esta gente gritona". Los días transcurrieron y cada vez le tomé más cariño a este arte okinawense hasta formar parte integral de mi vida. Y es que sinceramente no imagino la vida sin el karate.
Cuando todos se enteraron que me había inscrito en clases de Karate Do, recuerdo que algunos pensaron que solo duraría unos días (hasta apostaron), otros se burlaron, otros simplemente no creyeron. Y no los culpo, jamás mostré interés por practicar ningún deporte, y sigo sin mostrarlo, ya que el Karate Do es un arte marcial, no un deporte.
Tres años después, he descubierto que lo más difícil del Karate Do no es el salto de Unsu, la Yoko Geri yodan, el giro final del Gankaku, o pasar un largo rato en Kiba Dachi, lo más difícil del Karate Do es el Dojo Kun, esos 5 preceptos que todo karateka (y cualquier persona) debe creer y practicar, no solo repetir en clase. Sin el Dojo Kun el Karate sería un arte marcial vacío y de poco valor espiritual. Es por ello, que mi mayor meta en el Karate Do no será conseguir el más alto Dan, sino poder vivir realmente bajo el Dojo Kun.
Ossu.
