Confieso que no sentí ningún interés en asistir a la función que Julio y sus compañeros prepararon, ya que no comprendía la importancia de ese viaje para él, además tampoco tenía ningún interés en una cinta de karate, tal vez debido a los estereotipos que Hollywood nos infundió sobre este arte okinawense. Para mí el karate no era otra cosa que golpes, patadas y gritos. Qué equivocado estaba, y me avergüenzo por haber pensado así.
Julio, en una nota de agradecimiento puesta en Facebook dirigida a las personas que habían ido a ver la película, hizo que finalmente me decidiera descargarla y verla, lo cual hice en su versión original en japonés con subtítulos en español. Mi percepción sobre el karate cambió radicalmente.
Por otra parte, Humberto, uno de mis mejores amigos, entrena Aikido desde hace unos cuantos años, y su pasión por las artes marciales fue también de gran influencia para mí y mi incursión en ellas. Llegué a considerar en entrenar Aikido, pero no quise invadir su espacio y por eso lo descarté como opción. Entonces, aquella película japonesa vino nuevamente a mi mente y fue así como decidí entrenar karate, y no por Kung-Fu Panda 2 como piensan mis amigos.
Como no conocía a ningún practicante de karate do (al menos eso pensaba yo), recurrí a quien todo lo sabe: Google. De una búsqueda a otra me llevó a un sitio donde casualmente mencionaban a una amiga llamada Yajaira, que resulta que tenía un grado de Sensei y yo lo ignoraba por completo. Vaya amigo que soy. Así que decidí llamarla de inmediato. Aquellos minutos de conversación telefónica me hicieron comprender que en el karate no importa la edad, ni la inexperiencia atlética, solo las ganas de querer hacerlo. Fue su entusiasmo al hablarme del karate lo que finalmente me convenció.
Como no conocía a ningún practicante de karate do (al menos eso pensaba yo), recurrí a quien todo lo sabe: Google. De una búsqueda a otra me llevó a un sitio donde casualmente mencionaban a una amiga llamada Yajaira, que resulta que tenía un grado de Sensei y yo lo ignoraba por completo. Vaya amigo que soy. Así que decidí llamarla de inmediato. Aquellos minutos de conversación telefónica me hicieron comprender que en el karate no importa la edad, ni la inexperiencia atlética, solo las ganas de querer hacerlo. Fue su entusiasmo al hablarme del karate lo que finalmente me convenció.
En una brevísima explicación, el Karate do es originario de Okinawa, y significa “El camino de la mano vacía”. Existen varios estilos, siendo el Shotokan, Shito Ryu, Gojo Ryu y Wado Ryu los más conocidos. En vez de mencionar sus diferencias, es preferible explicar lo que los une, y ninguna frase lo resume mejor y es más conocida entre sus practicantes, que “karate ni sente nashi”, que significa “En karate no existe primer ataque”, frase dicha por el Maestro Gichin Funakoshi, según muchos, el padre del karate moderno. Tal vez por eso los katas (literalmente: formas) inician con una defensa y no con un ataque, al menos eso creo yo.
Primeramente comencé a entrenar Shito Ryu, un estilo con muchos katas y posiciones frontales, sin embargo, por razones que no tienen relevancia para mi relato lo abandoné a unos cuantos meses de haber comenzado. En la actualidad entreno Shotokan, un estilo que voy descubriendo día a día, el mismo estilo que Julio, y en la misma asociación que él, aunque no en el mismo dojo. Supongo que Julio nunca se imaginó que su post en Facebook invitando a la gente a ver Kuro Obi le cambiaría la vida a una persona. Supongo que muchos de ustedes tienen historias similares donde un libro, una llamada, un anuncio, una conversación cambia todo para siempre. Es cuestión de ponerse a pensar y recordar. Hoy en día no veo mi vida sin el karate do.
Julio, Yajaira y Humberto.
Domo arigato.
空手